miércoles, 2 de abril de 2014

Frente al espejo

Salió desnuda de la bañera, se miró en el espejo y descubrió la mejor parte de sí misma. Una verdad vibrante, una silueta imprecisa, un borrón cálido de color que se perdía entre el rosa y el dorado. Ella no era lo que sus amigos veían cuando se arreglaba para salir. No era lo que dejaba ver a sus amantes cuando se desnudaba. Tampoco era la sencillez de cuando comía los domingos en casa de su abuela. Ni la elegancia de cuando iba a las entrevistas de trabajo bien vestida.
No era el conjunto de las cosas que los demás opinaban de ella, las alabanzas sinceras de unos y las críticas a la espalda de otros. No era el conjunto de prejuicios, de expectativas, de opiniones externas. No era nada de eso.

Se miró de nuevo o, mejor dicho, observó su reflejo otra vez. Lo que veía sobre aquel espejo, cubierto por el vapor, la agradó. No había imperfecciones en la piel, ni había kilos de más. No había marcas de expresión, ni granitos maquillados cuidadosamente. No había ojeras producidas por el poco sueño ni tenía los labios secos.
Era, sencilla y justamente, lo que quería que los demás vieran. Era una persona. No un cuerpo. No era lo que dictan las revistas de moda, la ropa que llevaba o la marca de perfume que usaba.


Se sonrió a sí misma, a lo que veía. Siempre le sobraría algún kilito para su gusto. Nunca llevaría el conjunto adecuado según su abuela. Jamás se acordaría de abrochar el último botón del abrigo o de contar hasta diez cuando pensaba en improperios. Pero así era ella. Irónica, aventurera, solidaria, dulce, ingeniosa, sincera, leal, directa y, a veces, un poco agria. Así, auténtica. Y por un momento, se dio cuenta, que era todo lo que siempre había querido ser: ella misma.


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