¿Sabéis qué me encanta de la vida? Que es brillante y de colores. Que es redonda y nunca para.
Me gusta saber que, siendo policromática, no importa si un día solo ves negros y azules demasiado oscuros o grises, porque a la mañana siguiente puede regalarte amarillos dorados, verdes hierba y rojos del color de un beso. Me gusta que sea impredecible, que no se pueda controlar... que sea intensa. Me gusta saber que tiene momentos para todo: para la risa, el llanto, las caricias y los silencios.
Lo bueno que tiene es que puede convertir una despedida triste, un corazón roto o una lágrima en una nueva oportunidad. Puede hacer que cualquier cosa sea una aventura. Y cuando digo una aventura quiero decir cualquier tipo de aventura: romántica, de conocimiento personal, internacional, imprevista, loca...
Porque nunca sabemos qué vamos a encontrar a la vuelta de la esquina y eso hace que vayamos hacia ella moviendo los pies aún más rápido. O al revés, que caminemos despacio disfrutando el momento, regocijándonos en cómo huele el aire, cómo suenan los zapatos al arrastrarse por el suelo... porque un segundo después puede que todo sea distinto.
Me gusta saber que los cambios malos nos ayudan a crecer y que los buenos nos pintan sonrisas en la cara, no importa si son inmediatas o a largo plazo. Me gusta cuando me pasan cosas que me hacen sentirme viva. Me gusta cuando me miras y sonríes, cuando me olvido de que existes y solo pienso en mi, cuando salgo de clase de boxeo y parece que voy a morir pero estoy más viva que nunca. Me gusta estar sola y poder conocerme, reflexionar, mimarme. Me gusta cuando estás y me enseñas cosas nuevas, me haces hacerme preguntas, me fortaleces. Me gusta ser joven y sentirme libre.
Quizás penséis que estoy loca después de la entrada de anoche, pero es que he tenido un muy buen día y creo que eso es algo bueno. Y las cosas buenas están hechas para compartirse. Me gusto hoy, me gusta el hoy.
viernes, 25 de abril de 2014
jueves, 24 de abril de 2014
Cuando la vida se para.
Y es así, a veces el mundo se pone en pausa. Así, sin más, sin avisar. De pronto se para. Y estoy ahí en medio, sin saber a dónde ir. Quizás nunca lo supe, quizás lo he olvidado. Quizás lo tenía muy claro hace dos segundos y ahora no puedo recordarlo.
Y vivo esperando a que algo pase, esa cosa que hace "clic", que hace que de pronto el aire sea más limpio y las estrellas más brillantes. Algo que me llene, me refresque, me inunde. Pero no.
A veces simplemente no sé qué decir. Tengo tantas cosas que decir, tanto que expresar, tanta intensidad... y me quedo mirando por la ventana... esperando que el calendario vuelva hacia atrás y me devuelva a aquel año en el que fui tan feliz, donde fui yo misma, donde nada más importaba.
Pero no se puede. Algunas veces soñamos con cosas que nunca podremos tener y otras, sin embargo, tenemos cosas que nunca habíamos soñado. Cuando has tenido ambas, te quedas atrapado en un especie de espacio vacío donde nada tiene importancia más allá de cinco minutos y todo es agridulce. Quizás es bueno... o no.
No sé. No sé quién, dónde, cuándo, cómo, por qué... No sé qué es lo que busco ni si algún día me volveré a encontrar... en un poso de café, en un escaparate de una tienda hortera o en un atasco ruidoso.
¿Habéis soñado alguna vez con que estáis en un aeropuerto, esperando a que la puerta de "llegadas" se abra, con el corazón latiendo intensamente por la espera? Pues esa soy yo. Pero no sé a quién espero. No sé qué demonios hago ahí... si "lo esperado" está a punto de llegar o necesito ir a la terminal de salidas y coger un billete para el primer vuelo que salga.
Supongo que en el fondo tiene gracia. Me pregunto cuántas personas habrán sentido esto en algún momento de sus vidas... cuántas estarán en este momento pensando lo mismo. Querido desconocido, no estás solo. Vamos a salir de esta... me lo dice la patata. Y, un día, nos reiremos de esto.
Y vivo esperando a que algo pase, esa cosa que hace "clic", que hace que de pronto el aire sea más limpio y las estrellas más brillantes. Algo que me llene, me refresque, me inunde. Pero no.
A veces simplemente no sé qué decir. Tengo tantas cosas que decir, tanto que expresar, tanta intensidad... y me quedo mirando por la ventana... esperando que el calendario vuelva hacia atrás y me devuelva a aquel año en el que fui tan feliz, donde fui yo misma, donde nada más importaba.
Pero no se puede. Algunas veces soñamos con cosas que nunca podremos tener y otras, sin embargo, tenemos cosas que nunca habíamos soñado. Cuando has tenido ambas, te quedas atrapado en un especie de espacio vacío donde nada tiene importancia más allá de cinco minutos y todo es agridulce. Quizás es bueno... o no.
No sé. No sé quién, dónde, cuándo, cómo, por qué... No sé qué es lo que busco ni si algún día me volveré a encontrar... en un poso de café, en un escaparate de una tienda hortera o en un atasco ruidoso.
¿Habéis soñado alguna vez con que estáis en un aeropuerto, esperando a que la puerta de "llegadas" se abra, con el corazón latiendo intensamente por la espera? Pues esa soy yo. Pero no sé a quién espero. No sé qué demonios hago ahí... si "lo esperado" está a punto de llegar o necesito ir a la terminal de salidas y coger un billete para el primer vuelo que salga.
Supongo que en el fondo tiene gracia. Me pregunto cuántas personas habrán sentido esto en algún momento de sus vidas... cuántas estarán en este momento pensando lo mismo. Querido desconocido, no estás solo. Vamos a salir de esta... me lo dice la patata. Y, un día, nos reiremos de esto.
miércoles, 2 de abril de 2014
Frente al espejo
Salió desnuda de la bañera, se miró en el espejo y
descubrió la mejor parte de sí misma. Una verdad vibrante, una silueta
imprecisa, un borrón cálido de color que se perdía entre el rosa y el dorado. Ella no era lo que sus amigos veían cuando se arreglaba para salir. No era lo que
dejaba ver a sus amantes cuando se desnudaba. Tampoco era la sencillez de
cuando comía los domingos en casa de su abuela. Ni la elegancia de cuando iba a
las entrevistas de trabajo bien vestida.
No era el conjunto de las cosas que los demás
opinaban de ella, las alabanzas sinceras de unos y las críticas a la espalda de
otros. No era el conjunto de prejuicios, de expectativas, de opiniones
externas. No era nada de eso.
Se miró de nuevo o, mejor dicho, observó su reflejo
otra vez. Lo que veía sobre aquel espejo, cubierto por el vapor, la agradó. No
había imperfecciones en la piel, ni había kilos de más. No había marcas de
expresión, ni granitos maquillados cuidadosamente. No había ojeras producidas
por el poco sueño ni tenía los labios secos.
Era, sencilla y justamente, lo que quería que los
demás vieran. Era una persona. No un cuerpo. No era lo que dictan las revistas
de moda, la ropa que llevaba o la marca de perfume que usaba.
Se sonrió a sí misma, a lo que veía. Siempre le
sobraría algún kilito para su gusto. Nunca llevaría el conjunto adecuado según
su abuela. Jamás se acordaría de abrochar el último botón del abrigo o de
contar hasta diez cuando pensaba en improperios. Pero así era ella. Irónica,
aventurera, solidaria, dulce, ingeniosa, sincera, leal, directa y, a veces, un
poco agria. Así, auténtica. Y por un momento, se dio cuenta, que era todo lo
que siempre había querido ser: ella misma.
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