jueves, 24 de noviembre de 2016

Casi casi navidad



Esta noche paseaba con mi amigo David hacia el metro por la calle Preciados, después de un día largo y frío, y casi me da un ataque epiléptico con las luces que han puesto.
Ahí es cuando he pensado: "coño, es casi navidad". Y no porque lo diga El Corte Inglés, sino es que ya casi estamos en diciembre y el granizo que caía a las cinco de la tarde sobre mi coche, volviendo de trabajar, lo confirma.

No sé si será que me estoy haciendo muy mayor, pero este año no lo siento como los anteriores.
Si os soy sincera, tengo que admitir que yo vivo muy intensamente las navidades. Soy como un elfo de Papá Noel algo mayorcito y perdido en la vida, pero elfo al fin y al cabo.
Me encantan las decoraciones, envolver los regalos, las cenas y comidas en familia; y toda esa parafernalia. Simplemente es una parte de mí.

Este año, por alguna razón, no acabo de llegar al sentimiento. Como cuando empiezas a inflar un globo y vas perdiendo fuerza a la mitad.
No sé, influirá también que cuando me preguntan "¿qué quieres por navidad?", solo se me ocurra decir cosas como: un salario decente, estabilidad emocional, un propósito en la vida o políticos que no nos roben. Que ya no "puedo" comerme los polvorones a puñados o el turrón como si fueran pipas. Que las fiestas de nochevieja cada vez me dejan peor resaca y así tampoco me gusta empezar el año. O que me gustaría poder felicitar las fiestas a un montón de amigos en persona que, por cosas de la vida, ya viven en otros países y no les puedo abrazar.

O quizás sea solo que aún sigo revuelta por esas mierdas de luces epilépticas.

En realidad, voy a permitirme ser del todo honesta y un poco moñas y admitir que el mejor regalo de navidad de este año es mi sobrina Alejandra.
Hoy he recibido un vídeo de ella por Whatsapp, porque ha aprendido a hacer pedorretas y se llena a sí misma de babas cuando lo hace. Cinco meses de vida y un sinfín de navidades por delante. Me derrite el corazón y me llena los ojos de ese brillo especial, quizás por eso no me queda más emoción para otras cosas.
Me hace olvidar el corazón roto, la incertidumbre laboral y todos los miedos e inseguridades. Ella, que va descubriendo las cosas más sencillas del mundo cada día. Ella, que todo es su primera vez.
Estas serán sus primeras navidades y pasarlas con ella es todo lo que podría pedir en mi carta a los Reyes Magos. Eso y pasar muchas, muchas más.

Me encantaría compartir ese sentimiento con todo el mundo, pero bastante tengo ya con compartirla con el resto de la familia.

Feliz 25 de noviembre y cuidado con las luces de Preciados.

Septiembre.

domingo, 6 de noviembre de 2016

En Madrid no se ven las estrellas.

En Madrid no se ven las estrellas.

Hay quien dice que si muchas personas repiten una misma frase durante un tiempo determinado, acaba volviéndose verdad. Como si repetir una misma mentira el suficiente número de veces, la hiciese más y más real.

"En Madrid no se ven las estrellas", repetía entre murmullos para sí, maldiciendo.

Y por buscar las estrellas, había salido de Madrid, de casa y de todo lo que parecía medianamente familiar. "Si vas a emprender un viaje, que sea el viaje de tu vida", se había dicho.
Y ahora estaba con las ruedas llenas de barro, la nevera de la auto caravana vacía y solo la mitad del depósito.
No sabía leer mapas, no conocía el lugar y tenía frío. Y no el tipo de frío que tuvo al montarse en el avión dirección a Estados Unidos por el aire acondicionado. No el tipo de frío que hacía el día que chapurreó el poco inglés que conocía para alquilar esa lata con ruedas a ese americano gordo y sin afeitar, un día cualquiera de octubre.
El tipo de frío que va dentro de uno y no depende de los grados que haga fuera. El frío que empieza en la punta de los dedos y va extendiéndose poco a poco.

Había aparcado ese cacharro sin marchas a la entrada del parque natural y había decidido dar un paseo... pero ahora se arrepentía de cada una de esas decisiones, perdida como estaba entre árboles de una altura absurda.
Ahora le importaba muy poco si en Madrid se veían o no aquellas condenadas estrellas. Total, quién sabe hacía cuántos años se habían muerto y apagado.

Siendo sincera consigo misma, debía admitir que no estaba preparada para ese grado de vulnerabilidad. Posiblemente nadie criado en la ciudad y acostumbrado a que todo se haga apretando un botón, está preparado para perderse en la naturaleza y tener que admitir en voz alta que "la evolución" del ser humano es una mentira. Otra de esas que se repiten hasta que nos convencemos de que es real.

El ser humano había adaptado el medio a sí mismo, en lugar de adaptarse él. Había creado un entorno en el que fuese más fácil volverse frágil, en vez de fortalecerse. ¿Dónde está todo el progreso y las tecnologías que ha creado, cuando estás tú en la oscuridad de una noche sin cobertura, en mitad de lo desconocido?  No, no estaba preparada para admitir según que cosas, mirarse las manos raspadas ni de encontrar el camino de vuelta.

Con todo el tiempo del mundo para morirse de hambre, cansancio y frío, no podía si no pensar en todas esas cosas que constantemente evitaba en su día a día. La cruda realidad de no saber quién era ni a dónde iba, ni de si lo sabría algún día. No sabía tampoco si lo importante era saberlo, quizás solo necesitaba seguir moviéndose. Avanzar, sin jugar a los filósofos ni esas gilipolleces. Al final, uno llega donde siempre debía haber llegado. O no.

Meses más tarde, recordaría haber sido encontrada por otro de aquellos americanos. Uno de los que sí sabía leer mapas y llevaba la ropa adecuada para cuando cae la noche. Recordaría haberle llorado todas sus miserias en español, mientras él caminaba en silencio sin entender una palabra.
Recordaría haber visto estrellas, más de las que había imaginado jamás. Y mirar con cariño aquella lata con ruedas que sería su casa los siguientes meses. Y decirse a sí misma que la siguiente semana haría un curso de orientación, que aprendería a cocinar recetas locales y que compraría menos comida preparada. Recordaría haberse hecho jurar que dependería menos de Internet, del teléfono y que llamaría más a sus padres. Que se apuntaría a un gimnasio o dejaría de usar el ascensor.

Intentando convencerse de esas mentiras que, si se repiten lo suficiente, quizás se vuelven verdad.

Porque quizás no estaba lista para dejar de ser un eslabón de la cadena del mundo corrupto en el que nació. Lista para dejar lo cómodo, lo fácil... Aquella vida que te mata poco a poco, que ahoga lo original, lo auténtico.

Recordaría que en mitad de la noche prometió lo único que, efectivamente, cumpliría más tarde: dejar de prometer gilipolleces.
Y así destruir las expectativas y limitarse a ser lo que sentía, y no lo que debía. Porque si haber estado a punto de morir de frío en un país desconocido era lo más auténtico que había vivido en veinte años, que así fuese. Siempre había algo con lo que se quedaría para siempre: la realidad de que, en efecto, en Madrid no se ven las estrellas.