en siete días me mudo a Nueva York.
En principio se trata de algo temporal, pues voy a pasar allí trece meses, pero todos ya sabemos cómo son estas cosas... y es que, a día de hoy, me voy solo con un billete de ida.
Y aunque sé que puede parecer algo fascinante, y en realidad lo es, también me parte el corazón.
No es el primer país extranjero al que me mudo por algún tiempo y probablemente tampoco sea el último, pero sí es el más lejano por el momento. Y esto, cómo no, implica también ciertas sombras en la gran luz de esta aventura.
Aún corriendo el riesgo de sonar presuntuosa, diré que no tengo miedo. No me asusta el estar allí, yo sola, empezando de cero. Ya descubrí hace tiempo que me gustan mucho los principios, los cambios y las primeras veces.
Me gusta mirar las cosas por primera vez, descubrir las tonalidades, los olores de las calles, observar las distintas formas de vivir y aprender de ellas. Me gusta visitar sitios en los que nunca he estado, abrir las puertas de sitios en las que nunca he entrado. Me gusta conocer gente, sonreirles y pensar que quizás sean la persona que dentro de un año, cuando vuelva a cambiar de ciudad, echaré tanto de menos. Conocerles y ver un sinfín de posibilidades, un gran potencial. Reírme con sus bromas, aprender qué les gusta y qué odian. Me gusta abrir el corazón a la gente y dejarles entrar, aunque se corran riesgos.
Pero sí me duele el pensar todo lo que voy a echar de menos de aquí cuando no esté. Todas esas cosas y personas que entraron en mi corazón y viajarán conmigo cuando me monte en el avión.
No soy de esas que solo echa de menos a la gente. También echo de menos los detalles.
Repaso mentalmente, desde la toalla junto a la piscina, cómo la luz juega entre las hojas de los árboles, como lo hace cada año en esa misma piscina por esta época. Los mismos árboles, la misma luz, el mismo agua helada.
Pienso en cuánto me gusta estar en aquella cafetería, con el ruido de las conversaciones de fondo, mientras leo en un rincón, escuchando la música... que a veces es la elección perfecta y otras, sorprendentemente atípica en ese lugar que tanto conozco. Miro el polvo en las lámparas, las gotas de agua en la barra, ese ticket tirado en el suelo justo al lado de la papelera. Pienso en cómo todo tiene un encanto especial allí dentro.
Contemplo las cortinas de aquella casa, donde parece que el tiempo se para y siempre es el mismo día. Cuánto odio esas putas cortinas. Son horrorosas. No sé qué voy a hacer sin verlas en mis fines de semana libres. En esa casa que ha visto todos mis veranos, que me ha visto hacerme mayor cuando el sol venía.
Echaré de menos el olor a tostadas por la mañana cuando mis padres desayunan juntos y se han levantado con buen humor. Sus risas, los suspiros exasperados de mi hermano, los momentos en que los mira levantando una ceja, me mira a mí y se echa a reír cuando intuye que pensamos lo mismo. Las discusiones tontas. Sobretodo las discusiones tontas. Que me de una lista larguísima de películas que quiere ver y luego me deje elegir una que no está en la lista. Que se coma las palomitas y me deje las últimas. Que me lea tweets absurdos.
Los abrazos a mis amigos, y que me susurren al oído "mira que eres pesada". Esa amiga que siempre llega tarde y el que siempre empieza a mandar Whatsapp una hora antes para ver dónde estamos. Que me acaricie la mano mientras dibujo en su brazo tonterías, en un bar cutre sin aceitunas. Los besos. Ese olor.
Las comidas en casa de la abuela, siempre arrepintiéndome de comer más de lo que debo y menos de lo que ella cree que debería. Que me ofrezca un postre y después el té, siempre el té. Los bizcochos del abuelo, y sus mil historias. Mis primos, todos ellos, con sus esquizofrenias personales.
Todo lo que voy a echar de menos... y esas son solo dos o tres cosas de una lista interminable.
Cuando lo pienso, me pregunto si estoy preparada, si no será una mala idea... Pero luego recuerdo que soy afortunada por tener tantas cosas que echar de menos. Eso es una buena señal: quiere decir que tengo unas raíces y cosas que amo con pasión. Un hogar al que volver, siempre un hogar al que volver.
Cuando monte en el avión será como siempre ocurre... Esa sensación de estar dando un paso hacia lo desconocido, abriendo una puerta que no sé a dónde me lleva. Vértigo. Emoción. Una mano que me aprieta el corazón hasta dejarme sin respiración.
Y entonces, cruzo el control. Y todo lo que conocía se queda detrás de aquellas bandas. Mi zona de confort, mi familia, mis amigos, mis costumbres, mi corazón.
Me quedo unos segundos mirándolos, pero breves. Sé que si me quedo más, solo un segundo más, me volveré con ellos sin dudarlo. A unos brazos que sé que estarán abiertos para mí.
Así que sigo caminando... y cuando ya no puedo verlos, respiro hondo y continúo mi camino hacia lo desconocido.Cuando me monto en el avión y vuelo entre las nubes solo puedo pensar... Gracias. Os quiero. Volveré. Yo siempre vuelvo... Como esa saga de películas
que nunca se acaba... continuará.
Septiembre.


