Son las seis y media de la mañana de aquella ciudad del norte de Inglaterra. Es Semana Santa, pero al clima inglés parece no importarle en absoluto y desafía a los madrugadores a salir bajo la nieve que cae, perfecta en su sencillez.
No es una nevada tímida y tonta. Hace horas que los copos caen, decididos a cubrir cada centímetro de la ciudad. Progresivamente, todos los colores han ido desapareciendo para dejar paso al blanco. Los coches, los parques y las carreteras. Las señales, los semáforos y el buzón de correos. Hasta el ruido parece haber sido consumido por la nieve.
Pero no tiene ese privilegio y, a sus pies, unas flores rojo fresa se alzan entre la nieve, como las últimas supervivientes en la batalla. Manchas de sangre en un vestido blanco.
Justo en ese momento, un coche pasa a su lado, haciendo sonar el claxon y destrozando la quietud que lo abrazaba todo. Ella sale de su ensueño y se descubre a sí misma en mitad de una carretera oculta bajo la nieve. Pero ahora esta ha cambiado y se ha vuelto marrón grisácea. Tras unos minutos y un par de coches más, las torres de copos no son más que un desagradable charco marrón, sucio y resbaladizo.
Una hora después, la ciudad vuelve a la vida y el blanco es relegado a esos lugares donde la gente no pisa. Como los sueños que se tiene en secreto, donde solo los ojos expertos saben encontrarlos.
Las gentes corren de un lado para otro, intentando guarecerse del frío, sin tiempo para disfrutarlo.
Y, mientras, los copos siguen cayendo. La melodía del frío está reservada solo para los valientes, aquellos capaces de sobrevivir a la ola de escalofríos y la bajada de temperatura. A quienes esperan, mirando al cielo, y son capaces de descubrir un baile de cristal.
Y así, Ella se da cuenta que el único desorden hemos sido nosotros. Lo caótico, corrupto y desequilibrado. El sinsentido y la anarquía.
El único animal que muerde la mano que le da de comer.
Hemos sido el agujero negro en medio de la belleza. La chispa que comienza el incendio.
¿Era una exageración decir que fuimos la primera mariposa que provocó el primer huracán?
Teníamos el potencial, pero eso es todo. El enjambre agitado, lleno de abejas que nunca habían visto una flor. La espada sin empuñadura.
Y sangramos... e hicimos sangrar.
Septiembre


