domingo, 9 de septiembre de 2018

Negro

Negro.




Un color que lo absorbe todo. Un color de intensidad, de secretos, de sentimientos.

Negro. Y una pareja se esconde de las luces de las farolas de mi calle, para besarse en la intimidad. Se susurran cosas y se ríen. Se hablan con silencios mientras que usan las carcajadas para tapar lo demás.

Negro. Mirarse en el espejo y no encontrarse. Estar perdido sabiendo perfectamente dónde estás. Negro no es que no quieras mirarme, negro es que me mires y no me veas.

Negro. El fondo del mar, el día de mañana, las noches de invierno. Desconectarse del mundo tras un día largo y estresante. Quitarse los zapatos al llegar a casa, tomarse un café, una copa, una tila... Y cerrar los ojos en el sofá con una sonrisa. Cerrarle la puerta al mundo para abrirme a mí un balcón.

Negro. Un móvil que no suena, una carta que no llega, un montón de caras desconocidas en la multitud. El miedo que te atraviesa el alma con sus uñas largas y afiladas, despacio, profundo. Una palabra más alta que otra. Un gesto de indiferencia. La falta de un abrazo.

Negro. Un cine los segundos antes de empezar la gran película. Los instantes previos a un orgasmo. La onza de chocolate que robas de la nevera a medianoche, a escondidas y de puntillas.

Negro. Como tus ojos. Como los míos. Como tu corazón y como el mío. Como tomas el café y como me pinto yo los labios. Como las mentiras que me cuentas y la sonrisa que te doy al fingir que te creo. Como cuando vuelves a mí cuando el mundo te falla y como yo te cojo de la mano cuando tengo miedo.

Negro con todos sus colores. Con la alegría descarada del amarillo. La pasión del rojo y la calma del azul. La sencillez del blanco y la calidez del naranja. La nostalgia del morado. Negro con todos sus colores, sus As y sus Zetas. Negro contigo y negro sin ti.


Septiembre.

viernes, 24 de febrero de 2017

Ya no te lloro más.

No hay nada como volar.
Excepto bucear, con la luz del sol explotando en miles de rayos a través del agua, y la elegancia con la que la arena se deja arrastrar.

No hay nada como estar en casa.
Excepto viajar y conocer nuevos rincones, colores y risas. Cruzar el mundo enamorándonos a cada paso, sin que nada deje de sorprendernos, como volver a ser niños por un instante.

No hay nadie como tú.
Excepto que, según he leído hace poco, existen cientos de personas en el mundo que también podrían ser el amor de mi vida, complementarme y hacerme feliz.

Y entonces es cuando me paro a pensar que es verdad, que no hay nadie en el mundo como tú. Pero que tampoco hay nadie en el mundo como yo. Como decía Jaime Lannister, "no hay hombres como yo, solo yo".

Entonces, ¿por qué soy yo quien llora, cuando eres tú el que me ha perdido?

Recuerdo aquellos tiempos, antes de ti, cuando yo solía ser mi media naranja. No es que no me importase el amor y todo eso - siempre he sido una moñas - pero yo solía ser mi propia fuente de felicidad y todo lo demás era un plus. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que fue mi época dorada.
Y, de pronto, con toda mi vida organizada, bien encarrilada y un futuro prometedor, entraste tú en la ecuación. El caos.

Dicen, también, que conocemos a muchas personas en nuestra vida y nunca pasa nada, y que, de pronto, conocemos a una sola y el mundo se pone del revés. Yo no me lo creía del todo, hasta ese momento. Hasta que paraste mi reloj y me sentí como la Penélope de Serrat.


No voy a mentir: te echo dolorosamente de menos. Los besos, la risa, la emoción, las mariposas. Pero creo que, si es posible, echo mucho más de menos todo lo que podría haber sido. El potencial, la perspectiva de futuro.
Y es muy frustrante saber que yo lucharía hasta el final por un "continuará", pero que de donde no hay, no se puede sacar.

Y fue ahí, en esa certeza absoluta, donde descubrí otra que también lo es. Y es que me había olvidado de que en, en realidad, me quiero a mí más que a ti. No porque no te quiera (para mi desgracia), si no por salud. Porque todas las veces que te doy un poco de ese amor que ni te mereces ni quieres, me lo estoy quitando a mí... y ya ha dejado de hacerme gracia.

Me merezco mucho más que darme de hostias contra una puerta cerrada. Mucho más que rechazar oportunidades por ti.
Lo sé yo, lo sabes tú, lo sabe mi entorno y lo sabe hasta el chico del lunes, al que rechacé porque no me hacía sentir como tú.
Con una familia que me quiere, unos amigos a los que adoro, un nuevo trabajo que me apasiona y un montón de gente nueva que me aporta un montón de cosas... me siento imbécil cuando me sorprendo a mí misma llorando por ti. Por ti, ¿a cuento de qué?

Ni voy a hacerlo ni puedo culparte por no quererme, pero desde luego ya no te regalo ni una lágrima más. Llámame egoísta pero ahora son todas para mí. Para las películas y series, para las carcajadas que me hacen temblar cual abeja zumbona o para las verdaderas penas del mundo.

La verdad es, querido tú, que con mi nuevo trabajo tengo muy poquito tiempo libre... y he decidido dedicarlo única y exclusivamente a todo aquello que me hace feliz.

Voy a volver a ser mi propia media naranja... y me voy a hacer un vestido de fiesta con todo ese hilo rojo de la leyenda. Porque me he cansado de ser un extra en mi propia película: voy a volver a ser la protagonista.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Casi casi navidad



Esta noche paseaba con mi amigo David hacia el metro por la calle Preciados, después de un día largo y frío, y casi me da un ataque epiléptico con las luces que han puesto.
Ahí es cuando he pensado: "coño, es casi navidad". Y no porque lo diga El Corte Inglés, sino es que ya casi estamos en diciembre y el granizo que caía a las cinco de la tarde sobre mi coche, volviendo de trabajar, lo confirma.

No sé si será que me estoy haciendo muy mayor, pero este año no lo siento como los anteriores.
Si os soy sincera, tengo que admitir que yo vivo muy intensamente las navidades. Soy como un elfo de Papá Noel algo mayorcito y perdido en la vida, pero elfo al fin y al cabo.
Me encantan las decoraciones, envolver los regalos, las cenas y comidas en familia; y toda esa parafernalia. Simplemente es una parte de mí.

Este año, por alguna razón, no acabo de llegar al sentimiento. Como cuando empiezas a inflar un globo y vas perdiendo fuerza a la mitad.
No sé, influirá también que cuando me preguntan "¿qué quieres por navidad?", solo se me ocurra decir cosas como: un salario decente, estabilidad emocional, un propósito en la vida o políticos que no nos roben. Que ya no "puedo" comerme los polvorones a puñados o el turrón como si fueran pipas. Que las fiestas de nochevieja cada vez me dejan peor resaca y así tampoco me gusta empezar el año. O que me gustaría poder felicitar las fiestas a un montón de amigos en persona que, por cosas de la vida, ya viven en otros países y no les puedo abrazar.

O quizás sea solo que aún sigo revuelta por esas mierdas de luces epilépticas.

En realidad, voy a permitirme ser del todo honesta y un poco moñas y admitir que el mejor regalo de navidad de este año es mi sobrina Alejandra.
Hoy he recibido un vídeo de ella por Whatsapp, porque ha aprendido a hacer pedorretas y se llena a sí misma de babas cuando lo hace. Cinco meses de vida y un sinfín de navidades por delante. Me derrite el corazón y me llena los ojos de ese brillo especial, quizás por eso no me queda más emoción para otras cosas.
Me hace olvidar el corazón roto, la incertidumbre laboral y todos los miedos e inseguridades. Ella, que va descubriendo las cosas más sencillas del mundo cada día. Ella, que todo es su primera vez.
Estas serán sus primeras navidades y pasarlas con ella es todo lo que podría pedir en mi carta a los Reyes Magos. Eso y pasar muchas, muchas más.

Me encantaría compartir ese sentimiento con todo el mundo, pero bastante tengo ya con compartirla con el resto de la familia.

Feliz 25 de noviembre y cuidado con las luces de Preciados.

Septiembre.

domingo, 6 de noviembre de 2016

En Madrid no se ven las estrellas.

En Madrid no se ven las estrellas.

Hay quien dice que si muchas personas repiten una misma frase durante un tiempo determinado, acaba volviéndose verdad. Como si repetir una misma mentira el suficiente número de veces, la hiciese más y más real.

"En Madrid no se ven las estrellas", repetía entre murmullos para sí, maldiciendo.

Y por buscar las estrellas, había salido de Madrid, de casa y de todo lo que parecía medianamente familiar. "Si vas a emprender un viaje, que sea el viaje de tu vida", se había dicho.
Y ahora estaba con las ruedas llenas de barro, la nevera de la auto caravana vacía y solo la mitad del depósito.
No sabía leer mapas, no conocía el lugar y tenía frío. Y no el tipo de frío que tuvo al montarse en el avión dirección a Estados Unidos por el aire acondicionado. No el tipo de frío que hacía el día que chapurreó el poco inglés que conocía para alquilar esa lata con ruedas a ese americano gordo y sin afeitar, un día cualquiera de octubre.
El tipo de frío que va dentro de uno y no depende de los grados que haga fuera. El frío que empieza en la punta de los dedos y va extendiéndose poco a poco.

Había aparcado ese cacharro sin marchas a la entrada del parque natural y había decidido dar un paseo... pero ahora se arrepentía de cada una de esas decisiones, perdida como estaba entre árboles de una altura absurda.
Ahora le importaba muy poco si en Madrid se veían o no aquellas condenadas estrellas. Total, quién sabe hacía cuántos años se habían muerto y apagado.

Siendo sincera consigo misma, debía admitir que no estaba preparada para ese grado de vulnerabilidad. Posiblemente nadie criado en la ciudad y acostumbrado a que todo se haga apretando un botón, está preparado para perderse en la naturaleza y tener que admitir en voz alta que "la evolución" del ser humano es una mentira. Otra de esas que se repiten hasta que nos convencemos de que es real.

El ser humano había adaptado el medio a sí mismo, en lugar de adaptarse él. Había creado un entorno en el que fuese más fácil volverse frágil, en vez de fortalecerse. ¿Dónde está todo el progreso y las tecnologías que ha creado, cuando estás tú en la oscuridad de una noche sin cobertura, en mitad de lo desconocido?  No, no estaba preparada para admitir según que cosas, mirarse las manos raspadas ni de encontrar el camino de vuelta.

Con todo el tiempo del mundo para morirse de hambre, cansancio y frío, no podía si no pensar en todas esas cosas que constantemente evitaba en su día a día. La cruda realidad de no saber quién era ni a dónde iba, ni de si lo sabría algún día. No sabía tampoco si lo importante era saberlo, quizás solo necesitaba seguir moviéndose. Avanzar, sin jugar a los filósofos ni esas gilipolleces. Al final, uno llega donde siempre debía haber llegado. O no.

Meses más tarde, recordaría haber sido encontrada por otro de aquellos americanos. Uno de los que sí sabía leer mapas y llevaba la ropa adecuada para cuando cae la noche. Recordaría haberle llorado todas sus miserias en español, mientras él caminaba en silencio sin entender una palabra.
Recordaría haber visto estrellas, más de las que había imaginado jamás. Y mirar con cariño aquella lata con ruedas que sería su casa los siguientes meses. Y decirse a sí misma que la siguiente semana haría un curso de orientación, que aprendería a cocinar recetas locales y que compraría menos comida preparada. Recordaría haberse hecho jurar que dependería menos de Internet, del teléfono y que llamaría más a sus padres. Que se apuntaría a un gimnasio o dejaría de usar el ascensor.

Intentando convencerse de esas mentiras que, si se repiten lo suficiente, quizás se vuelven verdad.

Porque quizás no estaba lista para dejar de ser un eslabón de la cadena del mundo corrupto en el que nació. Lista para dejar lo cómodo, lo fácil... Aquella vida que te mata poco a poco, que ahoga lo original, lo auténtico.

Recordaría que en mitad de la noche prometió lo único que, efectivamente, cumpliría más tarde: dejar de prometer gilipolleces.
Y así destruir las expectativas y limitarse a ser lo que sentía, y no lo que debía. Porque si haber estado a punto de morir de frío en un país desconocido era lo más auténtico que había vivido en veinte años, que así fuese. Siempre había algo con lo que se quedaría para siempre: la realidad de que, en efecto, en Madrid no se ven las estrellas.


viernes, 28 de octubre de 2016

Blanco sucio

Toca el cristal de la ventana con la yema de los dedos y aparta la mano deprisa. Hace frío, mucho frío.

Son las seis y media de la mañana de aquella ciudad del norte de Inglaterra. Es Semana Santa, pero al clima inglés parece no importarle en absoluto y desafía a los madrugadores a salir bajo la nieve que cae, perfecta en su sencillez.

No es una nevada tímida y tonta. Hace horas que los copos caen, decididos a cubrir cada centímetro de la ciudad. Progresivamente, todos los colores han ido desapareciendo para dejar paso al blanco. Los coches, los parques y las carreteras. Las señales, los semáforos y el buzón de correos. Hasta el ruido parece haber sido consumido por la nieve.

Aprovechando que la ciudad universitaria aún duerme, Ella deja su taza humeante sobre la encimera, se pone su abrigo morado y sale a la calle, dispuesta a ser el único color oscuro en ese día de abril.

Pero no tiene ese privilegio y, a sus pies, unas flores rojo fresa se alzan entre la nieve, como las últimas supervivientes en la batalla. Manchas de sangre en un vestido blanco.

Justo en ese momento, un coche pasa a su lado, haciendo sonar el claxon y destrozando la quietud que lo abrazaba todo. Ella sale de su ensueño y se descubre a sí misma en mitad de una carretera oculta bajo la nieve. Pero ahora esta ha cambiado y se ha vuelto marrón grisácea. Tras unos minutos y un par de coches más, las torres de copos no son más que un desagradable charco marrón, sucio y resbaladizo.

Una hora después, la ciudad vuelve a la vida y el blanco es relegado a esos lugares donde la gente no pisa. Como los sueños que se tiene en secreto, donde solo los ojos expertos saben encontrarlos.

Las gentes corren de un lado para otro, intentando guarecerse del frío, sin tiempo para disfrutarlo.
Y, mientras, los copos siguen cayendo. La melodía del frío está reservada solo para los valientes, aquellos capaces de sobrevivir a la ola de escalofríos y la bajada de temperatura. A quienes esperan, mirando al cielo, y son capaces de descubrir un baile de cristal.

Y así, Ella se da cuenta que el único desorden hemos sido nosotros. Lo caótico, corrupto y desequilibrado. El sinsentido y la anarquía.
El único animal que muerde la mano que le da de comer.
Hemos sido el agujero negro en medio de la belleza. La chispa que comienza el incendio.

¿Era una exageración decir que fuimos la primera mariposa que provocó el primer huracán?

Teníamos el potencial, pero eso es todo. El enjambre agitado, lleno de abejas que nunca habían visto una flor. La espada sin empuñadura.

Y sangramos... e hicimos sangrar.


Septiembre

jueves, 20 de octubre de 2016

No, gracias.

Queridos puntos de luz más allá de la red,

siento el abandono, pero a veces incluso yo me quedo sin palabras y no sé qué decir.
Vengo a contaros que en ocasiones es tan importante saber decir que sí, como decir "no, gracias" y dar media vuelta.

Es difícil. y duele. Vamos a comenzar dejando claras esas dos cosas, nadie debería caer en el error de pensar que es más fácil ser quien dice no, que ser a quien se lo dicen.

Resultó que, en este momento de mi vida, Nueva York no era mi sitio en el mundo. Es un lugar al que hay que ir, al menos una vez en la vida, pero no era para mí. No en este momento. Y como leí una vez en Facebook, no tienes porqué adaptarte a algo que no te hace feliz.
Pero es duro, porque quieres pensar que si lo intentas un poco más, que si aguantas unas semanas más, si cambias tus rutinas, si sonríes más... Quizás, así, al final funcione. Quizás se pueda salvar algo del proyecto que un día te hizo tanta ilusión empezar y que ahora está desmoronándose. Pero, en mi caso, el tiempo pasaba y la angustia seguía ahí, apretándome la garganta, sin dejarme respirar. Y una voz dentro de mí repetía "I don't belong here", sin parar.
Así que tras un tiempo prudencial, tuve que admitir que aquello no era para mí, o que yo no era para aquel sitio. E hice las maletas. Y cuando las dudas volvieron, torturándome con su "¿quizás con una semana más...?", me limpié las lágrimas y dije "no, gracias".

Y de verdad, lo agradezco.
Agradezco que se den oportunidades en la vida que nos permitan abarcar distintas opciones. Agradezco que me eligiesen. Agradezco a esa ciudad todo lo que me ha enseñado, sobre ella y sobre mí. Agradezco todos los amigos que he hecho, todas las primeras veces, todas las luces de la ciudad cuando es de noche. Agradezco al Pier 6 toda su magia, y haber conocido a quien me lo enseñó y lo disfrutó conmigo. Las risas eternas, las conversaciones en las que somos siempre jóvenes.

Pero no, gracias. Ojalá más adelante, ojalá volvamos a vernos y entonces sí sea el momento.

Agradezco eternamente a mi ex todo su tiempo conmigo, sus ganas, su ilusión, su esfuerzo y dedicación. Te agradezco de corazón todo el amor que le has puesto.
Agradezco que lo sigas intentando, sutilmente, porque significa que ves en mí algo especial, que crees que merezco la pena. Agradezco haberte conocido, todo lo que hemos pasado juntos.
Pero no, gracias.

Porque cuando algo no te nace, simplemente no se puede forzar.

Agradezco al nuevo todas las emociones bonitas que ha sido capaz de resucitar en mí. Todos los instantes en que de verdad creí que había una luz. Te agradezco los gestos, las caricias, los suspiros robados. Te agradezco que me hayas hecho sentir cosas que ya se me habían olvidado. Pero te agradecería mucho más que en su momento me hubieses dicho "no, gracias" cuando se hizo evidente lo que sentía, en lugar de darme alas.
Así que, con el dolor de mi corazón, no sonrío ante tus bromas que antes me desataban mariposas, ni te sigo el juego más. Ante tus sonrisas que me hacen sentir que podría seguir intentándolo, te digo "No, gracias", y borro tu número de mi teléfono.

Porque cuando algo no te nace, yo no lo puedo forzar, por mucho que quiera.

Agradezco a la vida toda la gente que va de frente, todos los que tenéis el valor de ser honestos con vosotros mismos y con los demás, y decís "no, gracias" cuando es necesario. Todos los que tenéis la fuerza y el coraje que se necesitan para no torturaros con cosas que sentís que no son para vosotros. Sois tan valientes como todos aquellos que saben decir que sí.

Así que, por hoy, sois los únicos a los que les digo "sí".
Sí, porque aunque sea duro no hacéis a nadie perder su tiempo, ni jugáis con las emociones, ni dejáis que haya engaños ni mentiras. Porque sois directos y sinceros. Porque sabéis identificar cuando es un "nunca" y cuando es un "quizás más adelante", y lo decís. Porque contáis con que la gente no se lo tome bien, pero aún así sabéis que es lo correcto. Porque si no os nace, no lo fingís. Porque agradeceríais la misma honestidad con vosotros, y sembráis lo que esperáis recoger. Por ser consecuentes y realistas. Porque sabéis que a veces tenéis que ser "los malos", pero en realidad no lo sois. Porque el mundo necesita más verdad y más gente valiente, como vosotros.

A todos vosotros a los que os duele decir "no" a algo o alguien que queréis, pero que sabéis que es lo correcto y lo hacéis,

gracias.

lunes, 15 de agosto de 2016

"To be continued..."

Queridos puntos en el universo,

en siete días me mudo a Nueva York.

En principio se trata de algo temporal, pues voy a pasar allí trece meses, pero todos ya sabemos cómo son estas cosas... y es que, a día de hoy, me voy solo con un billete de ida.
Y aunque sé que puede parecer algo fascinante, y en realidad lo es, también me parte el corazón.
No es el primer país extranjero al que me mudo por algún tiempo y probablemente tampoco sea el último, pero sí es el más lejano por el momento. Y esto, cómo no, implica también ciertas sombras en la gran luz de esta aventura.

Aún corriendo el riesgo de sonar presuntuosa, diré que no tengo miedo. No me asusta el estar allí, yo sola, empezando de cero. Ya descubrí hace tiempo que me gustan mucho los principios, los cambios y las primeras veces.
Me gusta mirar las cosas por primera vez, descubrir las tonalidades, los olores de las calles, observar las distintas formas de vivir y aprender de ellas. Me gusta visitar sitios en los que nunca he estado, abrir las puertas de sitios en las que nunca he entrado. Me gusta conocer gente, sonreirles y pensar que quizás sean la persona que dentro de un año, cuando vuelva a cambiar de ciudad, echaré tanto de menos. Conocerles y ver un sinfín de posibilidades, un gran potencial. Reírme con sus bromas, aprender qué les gusta y qué odian. Me gusta abrir el corazón a la gente y dejarles entrar, aunque se corran riesgos.

Pero sí me duele el pensar todo lo que voy a echar de menos de aquí cuando no esté. Todas esas cosas y personas que entraron en mi corazón y viajarán conmigo cuando me monte en el avión.
No soy de esas que solo echa de menos a la gente. También echo de menos los detalles.

Repaso mentalmente, desde la toalla junto a la piscina, cómo la luz juega entre las hojas de los árboles, como lo hace cada año en esa misma piscina por esta época. Los mismos árboles, la misma luz, el mismo agua helada.

Pienso en cuánto me gusta estar en aquella cafetería, con el ruido de las conversaciones de fondo, mientras leo en un rincón, escuchando la música... que a veces es la elección perfecta y otras, sorprendentemente atípica en ese lugar que tanto conozco. Miro el polvo en las lámparas, las gotas de agua en la barra, ese ticket tirado en el suelo justo al lado de la papelera. Pienso en cómo todo tiene un encanto especial allí dentro.

Contemplo las cortinas de aquella casa, donde parece que el tiempo se para y siempre es el mismo día. Cuánto odio esas putas cortinas. Son horrorosas. No sé qué voy a hacer sin verlas en mis fines de semana libres. En esa casa que ha visto todos mis veranos, que me ha visto hacerme mayor cuando el sol venía.


Echaré de menos el olor a tostadas por la mañana cuando mis padres desayunan juntos y se han levantado con buen humor. Sus risas, los suspiros exasperados de mi hermano, los momentos en que los mira levantando una ceja, me mira a mí y se echa a reír cuando intuye que pensamos lo mismo. Las discusiones tontas. Sobretodo las discusiones tontas. Que me de una lista larguísima de películas que quiere ver y luego me deje elegir una que no está en la lista. Que se coma las palomitas y me deje las últimas. Que me lea tweets absurdos.
Los abrazos a mis amigos, y que me susurren al oído "mira que eres pesada". Esa amiga que siempre llega tarde y el que siempre empieza a mandar Whatsapp una hora antes para ver dónde estamos. Que me acaricie la mano mientras dibujo en su brazo tonterías, en un bar cutre sin aceitunas. Los besos. Ese olor.
Las comidas en casa de la abuela, siempre arrepintiéndome de comer más de lo que debo y menos de lo que ella cree que debería. Que me ofrezca un postre y después el té, siempre el té. Los bizcochos del abuelo, y sus mil historias. Mis primos, todos ellos, con sus esquizofrenias personales.

Todo lo que voy a echar de menos... y esas son solo dos o tres cosas de una lista interminable.




Cuando lo pienso, me pregunto si estoy preparada, si no será una mala idea... Pero luego recuerdo que soy afortunada por tener tantas cosas que echar de menos. Eso es una buena señal: quiere decir que tengo unas raíces y cosas que amo con pasión. Un hogar al que volver, siempre un hogar al que volver.

Cuando monte en el avión será como siempre ocurre... Esa sensación de estar dando un paso hacia lo desconocido, abriendo una puerta que no sé a dónde me lleva. Vértigo. Emoción. Una mano que me aprieta el corazón hasta dejarme sin respiración.
Y entonces, cruzo el control. Y todo lo que conocía se queda detrás de aquellas bandas. Mi zona de confort, mi familia, mis amigos, mis costumbres, mi corazón.
Me quedo unos segundos mirándolos, pero breves. Sé que si me quedo más, solo un segundo más, me volveré con ellos sin dudarlo. A unos brazos que sé que estarán abiertos para mí.
Así que sigo caminando... y cuando ya no puedo verlos, respiro hondo y continúo mi camino hacia lo desconocido.

Cuando me monto en el avión y vuelo entre las nubes solo puedo pensar... Gracias. Os quiero. Volveré. Yo siempre vuelvo... Como esa saga de películas
que nunca se acaba... continuará.


Septiembre.