domingo, 30 de marzo de 2014

Tú y tus reglas, tú y el mundo.

"Certe notti la strada non conta, quello che conta è sentire che vai." Luciano Ligabue.

Avanzar en el espacio y el tiempo. Darte a ti mismo otra oportunidad. Ver los colores de otros cielos, el olor de nuevos sentimientos. Explorar para perderte y explorar para encontrarte.

Cuando las calles están llenas de extraños demasiado ocupados con su calendario, te descubres pudiendo ser cualquier cosa que quieras ser. Ser valiente, innovador, vanguardista, bohemio, alegre, triste, dulce, sarcástico... diferente. Lo puedes todo. Romper el reloj, quemar los problemas. Dejar que empape tu cabeza una lluvia llamada libertad. La libertad de ser, de escribir y de borrar. De elegir con quién equivocarte. De redefinir lo correcto y lo incorrecto... de desdibujar los límites.



Te das cuenta de que todo puede ser al revés. No es un día más, es El día. Ese día en que el mundo te espera a ti y tú decides cuándo amanece. Tú decides si reservar tus besos o regalarlos. Decides si el clima es cálido o la calidez está dentro de ti. Decides si pasear sobre un camino de baldosas amarillas o quitarte los zapatos y correr sobre la hierba fresca... si componer la más bella melodía o pararte a escuchar el mar golpeando las rocas.

Ese día en que eres tú. Tú y tus reglas, tú y el mundo. Ese día en que todo brilla o todo está apagado, en que la lluvia te sabe a lo que más te gusta, en que todo puede ser perfecto... o perfectamente imperfecto.



Ese día... es hoy.

Porque algunas noches no importa el camino... lo que cuenta es caminar.

sábado, 29 de marzo de 2014

Cielo gris sobre Madrid

Algunos lo odiarán por no poder disfrutar del no tan cálido sol de Marzo. Otros dirán que es el día perfecto para estar en casa en pijama, coger un bol de palomitas o un café calentito y ver esa película o leer ese libro para el que nunca tienen tiempo. Yo, sencillamente, he hecho ambas cosas y, después de odiarlo y amarlo, me siento frente a la ventana a contemplar como pasan ante mi recuerdos y nostalgia, cogidos de la mano.
En realidad, todos los días nublados se parecen... aquí, en Londres, en Munich y en París. Creedme, puedo asegurarlo. En todas partes la lluvia tiene la magia de transportarte y hacerte soñar con otros lugares... o recordarlos como me pasa a mí. 
Aquí, frente a mi ventana veo la lluvia caer y las gotas bailar un canción lenta sobre mi cristal. Fuera, las gentes caminan bajo sus paraguas o corren para evitar mojarse. Los coches continúan su camino como de costumbre, solo que haciendo más ruido del habitual. La vida sigue... no importa el color del cielo. 
Me gusta pensar que la lluvia es una buena excusa para acercarse aún más a la gente. Se hacen cosas juntos, nos apretujamos para encontrar unos centímetros más bajo el paraguas, por muy pequeño que sea. Todos hemos vivido uno de esos momentos en los que van dos personas juntas bajo el paraguas, demasiado pequeño, buscando la posición perfecta para encajar, el ángulo en que sujetar el paraguas, calculando la dirección del viento... para acabar las dos personas muy pegadas y empapadas cada una por un costado. Trabajo en equipo, aunque el resultado sea desastroso... o quizás no tanto si termina con una sonrisa.



La lluvia tampoco es tan horrible con una buena canción para acompañar. Una banda sonora que haga que parezca que cada gota cae a la vez que una nota musical. Aunque... la propia lluvia tiene su propia melodía. Suena a pisadas con calcetines de colores, al pasar de las páginas de un libro, a charlas en las que se arregla el mundo frente a una taza de café. No sé  a vosotros, pero a mi el mundo me huele mejor tras una tormenta... más limpio y menos hipócrita. La lluvia es una de las pocas cosas que no hemos podido cambiar en el mundo... y doy gracias por ello. O

viernes, 28 de marzo de 2014

Caminar sobre los charcos

Los primeros pasos son siempre los más difíciles, dicen, aunque quién sabe, la gente dice tantas cosas... Las primeras veces pueden resultar increíblemente complejas, pero también pueden ocurrir sin que uno se de cuenta. ¿Alguien se acuerda de la primera vez que sonrió? Y no me refiero a cuando uno es pequeño y sonríe sin más, sino la primera vez que se hace con intención, de manera consciente y voluntaria por algo que realmente te toca el corazón. La mayoría tendremos que contestar que no. Recordamos muchas de esas veces, sí, ¿pero la primera? Lo dudo mucho. A veces, esas primeras veces ocurren y no les prestamos atención porque estamos demasiado ocupados siendo felices como para pensar en ellas. No hay nada de malo en eso, todo lo contrario: adelante, ojalá estés demasiado ocupado siendo feliz toda tu vida y, cuando tu final se acerque, tengas un millón de anécdotas que contar sonriendo.
Pero, sin embargo, también hay otras primeras veces que sí nos dan más de un dolor de cabeza, que crean más de un dilema interior. Si todo pudiese representarse en las películas, este momento sería ese en el que el ángel bueno y el malo siempre tratan de influenciar al protagonista, cada uno en un hombro. Son esos momentos en los que lo que queremos y lo que debemos hacer son cosas opuestas. Por ejemplo, caminar sobre los charcos. Tú madre seguro que te decía de pequeño que tuvieses cuidado de no pisarlos, que el agua sucia podría manchar tu ropa o podrías mojarte los pies si no llevabas puesto las botas de agua. Las botas de agua... ¿quién las lleva puestas cuando más falta hacen, cuando de pronto empieza a llover, tras todo el día haciendo sol y todos tus compañeros de clase van corriendo a saltar y echarse agua entre ellos, una vez terminada la tormenta? ¿Dónde están las dichosas botas en ese momento? Y tus padres han sido muy claros: sin botas no se pueden pisar los charcos. Pero tu voz interior te dice que vayas con los demás, que te diviertas, que no solo los pises, que saltes y brinques sobre ellos... Y entonces, saltas.
Efectivamente, la ropa se te mancha, los pies se te mojan y pasas mucho frio una vez terminada la tontería... pero lo has disfrutado enormemente. No importa si después tus padres te tiran de las orejas, te dan un capón o te regañan, ese día has sido el rey de los charcos.
Así que yo os digo, ojalá luchéis por ser el rey o la reina de los charcos cada día, por probar algo nuevo, por experimentar. Y no importa lo que digan: nunca es tarde para hacer algo nuevo, algo por primera vez. Quizás sea un paseo sobre un charco, quizás una declaración de sentimientos, quizás un bollo que siempre habíais querido cocinar... quizás una entrada en un blog. 
Da un salto por ti, por las primeras veces, por las pequeñas cosas.


Feliz 28 de marzo... 
Fdo: Otra reina de los charcos.