Volar realmente era una experiencia única. Olvidando
el dolor de cabeza, los oídos taponados y el mareo; por supuesto.
Al mirar por la ventana, la expresión "un mar de
nubes" se volvía increíblemente literal. Las marcas de las nubes
asemejaban las ondas del agua y se extendían a lo lejos, como si de un blanco
océano se tratase. El sol, en su descenso, hacía que el cielo pasara del
violeta oscuro, al lila y luego al rosa; para finalmente fundirse en un color
melocotón que se perdía en el azul, pálido y limpio.
Así era el atardecer cuando uno iba en
un avión: espléndido. Y era aún más hermoso si se tenía en cuenta que, después
de tantos y tantos vuelos, aquella era la primera vez que ella se dedicaba a
observarlo todo, en lugar de a dormir como había sido su intención.
Hubo un momento de descenso brusco y, de
pronto, al atravesar las nubes, toda aquella luz desapareció.
Por primera vez desde que compró el
billete, se preguntó si no habría sido mejor volar de día. De esa forma, habría
podido ver los kilómetros y kilómetros de verdes bosques que poblaban el país,
los ríos que los recorrían… incluso el mar. Vistas de un océano sin fin.
Ahora se arrepentía de haber cogido todos
esos vuelos nocturnos, tantos espectáculos desperdiciados… Y, sin embargo, una
vez más, se equivocaba.
A medida que se acercaban a tierra, iba
viendo las cosas más grandes. El país se iluminaba desde el aire. Las
carreteras eran ríos de oro luminiscente. Los coches brillaban como lentejuelas
en un vestido de baile. La negra oscuridad, profunda y compacta, hacía el amor
con aquellos hilos dorados, con los puntos diminutos de luz, con el color. Era
todo un orgasmo visual.
Ella se olvidó de respirar por un
momento. Había sido una estúpida toda su vida, con aquel terrible miedo
irracional a las alturas. ¿Sería siempre así mirar desde un lugar elevado, con
el suelo lejos de los pies?
No se trataba solo de la magia de la
perspectiva, si no de la sensación de paz que traía consigo.
Al mirar por la ventana del avión,
acercándose imperceptiblemente a la tierra, uno tiende a olvidar lo caótico que
es vivir allí abajo. Ahí, en el aire, uno tiene la sensación de haber dejado todos
sus problemas en una vida anterior, como si, por unas horas, nos pudiésemos
desprender de ellos como de una mochila abandonada en una estación de tren.
La mente se aclara, librándose de todo
lo que no es esencial. El concepto del tiempo deja de tener sentido. El mundo
se vuelve a la vez más grande y un poquito más pequeño. Todo parece ser
armonioso.
Al menos unos minutos, mientras miraba
por la ventana, pudo olvidarse del chico que tenía detrás, que había estado
dando patadas a su asiento durante una hora. Olvidó aquel bebé que lloraba, al
fondo del avión. Olvidó los oídos taponados, la presión, el cansancio.
Atentamente,
Septiembre.
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