lunes, 13 de junio de 2016

Up there

Volar realmente era una experiencia única. Olvidando el dolor de cabeza, los oídos taponados y el mareo; por supuesto.

Al mirar por la ventana, la expresión "un mar de nubes" se volvía increíblemente literal. Las marcas de las nubes asemejaban las ondas del agua y se extendían a lo lejos, como si de un blanco océano se tratase. El sol, en su descenso, hacía que el cielo pasara del violeta oscuro, al lila y luego al rosa; para finalmente fundirse en un color melocotón que se perdía en el azul, pálido y limpio.
Así era el atardecer cuando uno iba en un avión: espléndido. Y era aún más hermoso si se tenía en cuenta que, después de tantos y tantos vuelos, aquella era la primera vez que ella se dedicaba a observarlo todo, en lugar de a dormir como había sido su intención.

Hubo un momento de descenso brusco y, de pronto, al atravesar las nubes, toda aquella luz desapareció.
Por primera vez desde que compró el billete, se preguntó si no habría sido mejor volar de día. De esa forma, habría podido ver los kilómetros y kilómetros de verdes bosques que poblaban el país, los ríos que los recorrían… incluso el mar. Vistas de un océano sin fin.
Ahora se arrepentía de haber cogido todos esos vuelos nocturnos, tantos espectáculos desperdiciados… Y, sin embargo, una vez más, se equivocaba.

A medida que se acercaban a tierra, iba viendo las cosas más grandes. El país se iluminaba desde el aire. Las carreteras eran ríos de oro luminiscente. Los coches brillaban como lentejuelas en un vestido de baile. La negra oscuridad, profunda y compacta, hacía el amor con aquellos hilos dorados, con los puntos diminutos de luz, con el color. Era todo un orgasmo visual.

Ella se olvidó de respirar por un momento. Había sido una estúpida toda su vida, con aquel terrible miedo irracional a las alturas. ¿Sería siempre así mirar desde un lugar elevado, con el suelo  lejos de los pies?
No se trataba solo de la magia de la perspectiva, si no de la sensación de paz que traía consigo.
Al mirar por la ventana del avión, acercándose imperceptiblemente a la tierra, uno tiende a olvidar lo caótico que es vivir allí abajo. Ahí, en el aire, uno tiene la sensación de haber dejado todos sus problemas en una vida anterior, como si, por unas horas, nos pudiésemos desprender de ellos como de una mochila abandonada en una estación de tren.
La mente se aclara, librándose de todo lo que no es esencial. El concepto del tiempo deja de tener sentido. El mundo se vuelve a la vez más grande y un poquito más pequeño. Todo parece ser armonioso.

Al menos unos minutos, mientras miraba por la ventana, pudo olvidarse del chico que tenía detrás, que había estado dando patadas a su asiento durante una hora. Olvidó aquel bebé que lloraba, al fondo del avión. Olvidó los oídos taponados, la presión, el cansancio.

Volar podía ser estresante e incómodo, pero también cautivador y terapéutico. Como la música tranquila en aquella cafetería de sillas blancas. Como la brisa fresca en una tarde de agosto. Como el sabor de un nuevo principio.

Atentamente, 


Septiembre.

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