viernes, 28 de marzo de 2014

Caminar sobre los charcos

Los primeros pasos son siempre los más difíciles, dicen, aunque quién sabe, la gente dice tantas cosas... Las primeras veces pueden resultar increíblemente complejas, pero también pueden ocurrir sin que uno se de cuenta. ¿Alguien se acuerda de la primera vez que sonrió? Y no me refiero a cuando uno es pequeño y sonríe sin más, sino la primera vez que se hace con intención, de manera consciente y voluntaria por algo que realmente te toca el corazón. La mayoría tendremos que contestar que no. Recordamos muchas de esas veces, sí, ¿pero la primera? Lo dudo mucho. A veces, esas primeras veces ocurren y no les prestamos atención porque estamos demasiado ocupados siendo felices como para pensar en ellas. No hay nada de malo en eso, todo lo contrario: adelante, ojalá estés demasiado ocupado siendo feliz toda tu vida y, cuando tu final se acerque, tengas un millón de anécdotas que contar sonriendo.
Pero, sin embargo, también hay otras primeras veces que sí nos dan más de un dolor de cabeza, que crean más de un dilema interior. Si todo pudiese representarse en las películas, este momento sería ese en el que el ángel bueno y el malo siempre tratan de influenciar al protagonista, cada uno en un hombro. Son esos momentos en los que lo que queremos y lo que debemos hacer son cosas opuestas. Por ejemplo, caminar sobre los charcos. Tú madre seguro que te decía de pequeño que tuvieses cuidado de no pisarlos, que el agua sucia podría manchar tu ropa o podrías mojarte los pies si no llevabas puesto las botas de agua. Las botas de agua... ¿quién las lleva puestas cuando más falta hacen, cuando de pronto empieza a llover, tras todo el día haciendo sol y todos tus compañeros de clase van corriendo a saltar y echarse agua entre ellos, una vez terminada la tormenta? ¿Dónde están las dichosas botas en ese momento? Y tus padres han sido muy claros: sin botas no se pueden pisar los charcos. Pero tu voz interior te dice que vayas con los demás, que te diviertas, que no solo los pises, que saltes y brinques sobre ellos... Y entonces, saltas.
Efectivamente, la ropa se te mancha, los pies se te mojan y pasas mucho frio una vez terminada la tontería... pero lo has disfrutado enormemente. No importa si después tus padres te tiran de las orejas, te dan un capón o te regañan, ese día has sido el rey de los charcos.
Así que yo os digo, ojalá luchéis por ser el rey o la reina de los charcos cada día, por probar algo nuevo, por experimentar. Y no importa lo que digan: nunca es tarde para hacer algo nuevo, algo por primera vez. Quizás sea un paseo sobre un charco, quizás una declaración de sentimientos, quizás un bollo que siempre habíais querido cocinar... quizás una entrada en un blog. 
Da un salto por ti, por las primeras veces, por las pequeñas cosas.


Feliz 28 de marzo... 
Fdo: Otra reina de los charcos.



2 comentarios:

  1. Me encanta saltar sobre los charcos!!! y por eso adoro mis botas de agua, me ahorran pensar en las consecuencias :)

    ResponderEliminar
  2. Lo importante es vivir todas las experiencias, saltar dentro de todos los charcos, con o sin botas. Mil gracias por leer y comentar ^^

    ResponderEliminar